Notas sobre la hegemonía ideológica: una lectura de James Scott

En la formulación original de Gramsci sobre la hegemonía, afirma que, la clase obrera en el sistema capitalista está empeñada en una lucha concreta de consecuencias revolucionarias, pero a causa de encontrarse prisionera del pensamiento social hegemónico es incapaz de sacar consecuencias revolucionarias de sus actos. Por lo tanto, la conciencia dominada es la que ha impedido a la clase trabajadora llegar a consecuencias radicales. En términos marxistas, a este fenómeno se le denomina falsa conciencia.

A James Scott le interesa explorar las teorías que ofrecen respuesta a esa pregunta: ¿por qué una clase parece aceptar o consentir, un sistema económico claramente opuesto a sus intereses, si es que no existe una forma de coerción directa o presión psicológica aplicada sobre ella? Buscando, principalmente, estudiar el concepto de “dominación”, pero evitando la naturalización de las formas de poder y regresando sobre algunos aspectos por otros ignorados.

El primer punto de su crítica plantea un lugar común entre estas teorías, y es que todas ellas consideran que el grupo subordinado, de manera conformista, acepta que se encuentra en posición de inferioridad, aún cuando no se aplica una forma de coerción directa sobre él. La mayoría de las posturas, atribuyen esta situación a la existencia de una hegemonía o ideología dominante. Además coinciden en que dicha hegemonía ideológica no excluye los intereses de los grupos subordinados, aunque sí son deformados los aspectos de las relaciones sociales, que, mostrados de forma explícita, afectarían en cambio los intereses de las clases dominantes.

Scott distingue dos versiones de la falsa conciencia, una débil y una fuerte. La primera de ellas, asegura que la ideología dominante cumple sus objetivos al convencer a los subordinados de creer en el conjunto de valores que explican y justifican su posición inferior, logrando el sometimiento a través de la idea de que el orden social es natural e inevitable. Y la segunda, afirma que el proceso de consentimiento se logra por la resignación.

Continúa su crítica poniendo de ejemplo la tensión entre los investigadores del poder de la comunidad, los pluralistas y antipluralistas. De acuerdo a los primeros, dentro de un sistema político relativamente abierto, la ausencia de protestas y oposición se debe considerar como un signo de satisfacción, o como ausencia de una insatisfacción mayor, pero sin duda en un grado en el que no merece la pena la movilización política. Los antipluralistas, en cambio, argumentan que el sistema político no es tan abierto como se sugiere y que las élites se encuentran en capacidad de controlar la vida política y entorpecer la participación de otros sectores. Entonces, si la élite ha logrado proscribir los agravios que ni los mismos antipluralistas ven, ¿cómo es posible determinar si el consentimiento es consensuado o producto de la coerción? Si la élite puede eliminar cualquier rastro de las demandas que ha reprimido, John Gaventa explica cómo es posible la eliminación de éstas. Dividiendo el proceso en tres etapas, ubica en primer nivel el ejercicio explícito de la coerción; en segundo el de la intimidación, donde los subordinados deciden no enfrentarse a las élites por preveer las sanciones que les impondrán para derrotarlos; y finalmente el tercero, en el que Gaventa sugiere que el poder adquirido en los dos niveles anteriores le permitiría a la élite invertir en el desarrollo de imágenes dominantes legitimadoras del orden social a través del control de los medios de comunicación, obteniendo como resultado una cultura de derrota y no participación. Para Scott, éste tercer nivel constituye una teoría de la falsa conciencia débil y fuerte a la vez. Además, agrega Scott, no es claro que las imágenes producidas por la élite cambien realmente los valores de los grupos subordinados, como tampoco es claro el impacto sobre la creencia de que el poder de las élites prevalecerá. Ni tampoco es evidente que el impacto de dichas imágenes sea tan convincente como para trascender la experiencia directa de los propios dominados.

Propuestas similares a la de Gaventa (explicaciones fuertes y débiles de la ideología), aparecen cuando se trata se explicar por qué la clase obrera occidental se adapta a las condiciones de desigualdad de la propiedad a pesar de los derechos políticos de que disponen para movilizarse. Dentro de las teorías fuertes, se coloca especial énfasis al sobredimensionado papel de los “aparatos ideológicos del Estado”. En repuesta, Scott, asegura que las clases subordinadas nunca fueron incorporadas a nada tan abarcador como esta teoría; además, agrega, no hay razones para suponer que una versión de la ideología dominante evite el surgimiento de conflictos, tal aceptación, de hecho, puede provocarlos. Por otro lado, las teorías débiles, no privilegian tanto el control ideológico, pero encuentran el logro de la dominación ideológica en imponerle a los grupos dominados la idea de que ciertas aspiraciones son imposibles, convenciendo a los subordinados de que sus problemas son inevitables. Pero aunque la sensación de obediencia sea producida, no por ello cambian los valores de las clases inferiores, dice Scott.

Al parecer, el primer problema que presenta el concepto de hegemonía es la suposición de que la incorporación ideológica de los grupos subordinados reduce los conflictos sociales y la protesta; cosa que no sucede, ni siquiera, en las democracias industriales relativamente estables. Además, Scott señala que dentro de un escenario de conflicto, los objetivos de los subordinados pueden acoplarse al orden social establecido y que persiguen metas que corresponden con su manera de entender la ideología dominante. Por otro lado, un problema que presentan las tesis hegemónicas posteriores a Gramsci, es que difícilmente explican cómo es que se producen los cambios sociales desde abajo.

De manera más contundente, Scott agrega que, si el discurso público controlado por las élites tiende a naturalizar la dominación, parece existir una tendencia opuesta. Ya que la ausencia de un conocimiento concreto de órdenes sociales alternativos no produce automáticamente una naturalización del orden vigente ante los ojos de los subalternos; dado que no sería difícil concebir una total inversión de dicho orden social. Y por si no bastara, los grupos subordinados también pueden imaginar la negación del orden social presente. La gran parte de las creencias utópicas, se extienden como una negación relativamente sistemática de los mecanismos presentes de explotación y dominación social de los grupos subordinados. Esta capacidad de los grupos subordinados de imaginar un orden social contrafáctico, no da precisamente una impresión de parálisis causada por el discurso legitimador de las élites.

Scott asevera, que en cambio, sí hay condiciones en las que los grupos subordinados aceptan y que legitiman la hegemonía ideológica. Una de ellas, es donde existe una gran probabilidad de que una amplia cantidad de subordinados pueda alcanzar posiciones de poder. El incentivo de ejercer la dominación que se está padeciendo, parece un aliciente legitimador. El segundo de esto escenarios sería la subordinación opresiva e involuntaria, donde se puede legitimar el orden social siempre que los subordinados se encuentren en cierta medida atomizados y bajo estricta vigilancia. En este escenario se eliminan las condiciones sociales en que se puede producir un discurso oculto en la medida en que la jerarquía determina las relaciones sociales y que la vigilancia actúa. Sin embargo esta fantasía totalitaria dista mucho de encontrar un referente concreto en alguna sociedad en general. No ha sido posible, ni es deseable, destruir completamente la vida social autónoma de los grupos subordinados, fundamental para la producción de un discurso oculto.

Entonces, una respuesta alternativa a la interiorización de la ideología dominante por los grupos subordinados que supone el consentimiento y la sumisión, siguiendo a Scott son las siguientes. Primero, que los grupos subordinados pueden estar divididos geográfica y culturalmente; segundo, que consideran que la resistencia abierta implique un riesgo innecesario ante las terribles represalias; tercero, que las condiciones de lucha por la subsistencia y la vigilancia constante imposibilitan cualquier forma de oposición abierta; y cuarto, se encuentran desengañados ante fracasos anteriores.

La crítica de Scott se aplica en los momentos en que las relaciones de poder excluyen las formas abiertas de resistencia y protesta, en circunstancias tan sofocantes que producen apariencia hegemónica. En momentos de conflicto declarado los grupos subordinados pueden abandonar la actuación de sumisión, es aquí donde debemos buscar la falsa conciencia. Aunque si aún, en un escenario de confrontación directa, los grupos subordinados siguen guardando las formas propuestas por los sectores dominantes, es donde se podría hablar de que estamos en presencia de los efectos de un ideología dominante. Por ejemplo, en la mayoría de los actos disruptivos construidos por los subalternos, se respetarán en buen grado las condiciones que establece el discurso hegemónico, aún cuando su objetivo sea minarlas. Es decir, cualquier ideología dominante con pretensión hegemónica, debe ofrecer a los subordinados herramientas política propensas a usarse en el discurso público. El conflicto, por lo tanto, adoptará las formas del lenguaje de la ideología dominante presente en dicho discurso. El sistema, concluye Scott, debe temer más de quienes aceptan en cierta medida a las instituciones hegemónicas que de los grupos subordinados que no toman en serio la ideología dominante.

Bibliografía:

James C. Scott, Los dominados y el arte de la resistencia, México, Era, 2000.

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