Género y nacionalismo

Si bien es cierto, que existen fuerzas de índole cultural que nos brindan sensación de pertenencia a un grupo, (de forma no deliberada); existen otras de gran influencia, como la economía y la política, donde la acción es predominantemente concertada. Porque aquello que los hombres llaman Nación, no es sino un subterfugio cohesionador y mecanismo legitimador de una relación social de dominación, operada desde un sector hegemónico sobre la mayoría de la población.

Lo que pretendía descifrar las incógnitas sobre lo ¿mexicano?, en el sentido de lo anterior, no ha sido mas que manifestación de la cultura política hegemónica; producto del régimen del que emana, que supone la existencia de una cultura nacional como algo siempre presente y que simplemente se devela, y no una noción que se construye y propone, creando estereotipos codificados por la intelectualidad. En el caso mexicano, el carácter nacional es una entelequia derivada de su pretendido estudio. Después de todo, las formas de subjetividad socialmente aceptadas, son determinadas por la cultura dominante existente.

Tales articulaciones cuasi míticas, terminan sedimentándose en la sociedad, convirtiéndose en una suerte de metarelato al que se recurre para comprender el fenómeno de la identidad nacional. La mitología nacionalista, además, produce una ilusión de una cultura popular masificada, sin mencionar que tiende a desplazar prácticas democráticas por un coágulo de imágenes que movilizan al cuerpo social sobre una articulación irracional. Detrás de esta nada inocente elaboración lo que encontramos es un dispositivo de legitimación del Estado moderno. El fenómeno del nacionalismo se encuentra indisolublemente ligado a la unificación e institucionalización de éste.

La crítica de Roger Bartra hacia la serie de entramados nacional mitológicos deja ver una cuestión latente en los Estados nacionales; el hecho de que bajo la noción de un supuesto conjunto social se busque naturalizar condiciones sociales de dominación, legitimando los beneficios de quienes se encuentran mejor colocados en un sistema que no favorece homogéneamente al conjunto y que moviliza al cuerpo social bajo la dirección de sus intereses.

La ideología en cual los miembros de una comunidad se identifican y expresan su fidelidad a la nación, es lo que entendemos por nacionalismo, y si ell nacionalismo es un ejercicio de hegemonía interna, significa el empoderamiento exclusivo de aquellos que comparten la pertenencia a la misma comunidad imaginada. El nacionalismo en este sentido, se convierte en el lenguaje a través del cual el control sexual y la represión son justificados y la habilidad masculina se expresa y ejerce. Ya que el nacionalismo, el género y la sexualidad, son social y culturalmente fabricados, estas nociones juegan un importante rol en la construcción, distinción y exclusión del “otro”. El empoderamiento de un género, nación o sexualidad generalmente ocurre a expensas del desempoderamiento del otro. Las incongruencias entre género y nación nos hablan sobre las ironías de la vida social moderna, porque a pesar de la retórica de igualdad para todos aquellos que participan del proyecto nacional, la nación aparece y permanece como propiedad de los hombres. Género y nación construyen una sensación de naturalización de lo social, en nombre de lazos cuya debilidad, es evidenciada con la fiereza con la que son defendidos.

La sexualidad juega un papel central en la construcción de la nación y el mantenimiento de la identidad nacional. El control alrededor de los beneficios de pertenecer a la nación tiene un claro tinte de género; ya que a través del control de la reproducción, la sexualidad y sus representaciones, la autoridad define que la nación recae en los hombres.

Un estado es una unidad política soberana, con límites tangibles, respetuosa de las leyes internacionales y reconocida por la comunidad internacional. Pero mientras el estado tiene características tangibles y es autodefinido, la nación no es tangible. La nación es un principio espiritual, cuyos miembros consideran, deben mantener a toda costa. Los miembros de una nación creen en un origen común y en la particularidad de su historia en espera de un destino también común; amplifican el pasado y mantienen viva la memoria del sufrimiento colectivo. Son ciegos ante el hecho de que la narrativa nacional está basada en mitos; el mito permanece esencial para la vida de la nación, porque es abrazando los mitos sobre el origen de la nación, como los miembros de ésta perpetúan, no sólo los mitos nacionales sino la nación misma. La ideología nacionalista sirve como pegamento emocional a través de reiterados ejercicios de solidaridad que llegan a ser aceptados por los miembros de la nación como naturales.

El poder, control y hegemonía existen, no sólo en la relación entre la nación y el estado, sino también entre género y sexualidad, y entre ambas dicotomías. La cultura da los significados de género y sexualidad, que son privativos de cierto tiempo y espacio, mientras que el género es una marca cultural del sexo a nivel biológico, la sexualidad es la marca cultural del deseo.

El género es la producción y reproducción social de las identidades y comportamientos masculinos y femeninos. Es decir, el papel que desempeñamos constantemente, basado en las normas sociales, es lo que somos; más allá de nuestro sexo a nivel biológico. Género y sexualidad se encuentran siempre en proceso de construcción, asociando masculinidad con los hombres y la feminidad con las mujeres en un contexto nacional, pero que podrían cambiar si el discurso de ese género y sexualidad cambia. La sexualidad es también una construcción que hace referencia a deseo sexual y al ser sexual individual, que envuelve ideas entre placer y fisonomía, y fantasía y anatomía. Pero no hay que perder de vista que la sexualidad es también un campo de dominio y represión.

Género y sexualidad están organizados alrededor de sistemas organizados de poder que alientan a algunos individuos y actividades, mientras que castigan y suprimen otras. A través del mundo contemporáneo, el sistema de poder generalmente recompensa a los hombres heterosexuales y castiga a las mujeres y gays. Además debemos mencionar que el uso de género y sexualidad en singular debe ser revisado.

La nación es constituida por individuos sexuados cuya actuación constituye no sólo su propia identidad de género sino la identidad de la nación misma. A través de la repetición y la aceptación de normas y comportamientos (el control sobre la reproducción, el heroísmo, militarismo y heterosexualidad), los miembros de la nación ayudan a construir los privilegios en la nación. Además como la nación, género y sexualidad son construidos socialmente en oposición, o al menos en relación, con el otro; son todas jerarquías culturalmente construidas e inmersas en el poder. Una nación, un género, una particular sexualidad, es favorecida por las instituciones sociales, políticas y culturales que ayudó a formar; a través de la cual busca acumular hegemonía, y de ocupar la posición más favorable en la jerarquía nacional, sexual y de género.

Bibliografía:

Roger Bartra, “Penetración”. Roger Bartra, La jaula de la melancolía. Identidad y metamorfósis del mexicano. México, Debolsillo, 2005, pp. 13-25.

Fanny Blanck-Cereijido, “La Mirada sobre el extranjero”. Fanny Blank-Cereijido y Pablo Yankelevich (compiladores), El Otro, El Extranjero. Argentina, Libros del Zorzal, 2003, pp. 21-34.

Tamar Mayer, “Gender ironies of nationalism. Setting the Stage”. Tamar Mayer, Gender Ironies of Nationalism. Sexing the nation. London/New York, Routledge, 2000, pp. 1-22.

Marcelo N. Viñar, “El reconocimiento del prójimo. (Notas para pensar el odio al extranjero)”. Marcelo N. Viñar (compilador), ¿Semejante o enemigo?, Colección Impertinencias, Uruguay, Ediciones Trilce, 2003, pp. 93-103.

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