Las aventuras del libro vaquero

octubre 13, 2008

por Ushuaia Guadarrama

Los medios de comunicación, además de mantenernos informados y al mismo tiempo divertirnos, son los grandes trampolines de control masivo y subyugación. El impacto que generan en las sociedades y personas es impresionante a la vez que difícilmente perceptible; sin embargo el bombardeo intermitente de señales y símbolos llegan directamente al cerebro, penetrando y modificando comportamientos y actitudes.

Los cómics, como medio de comunicación gráfica, aparecieron a finales del siglo XIX, llegando a los lectores a través de las páginas impresas de los periódicos de la época. Sin embargo, la necesidad de expresión cultural de los pueblos adquirió su forma y función actual en el momento en que fue posible la difusión masiva por medio de la prensa, diaria o semanal y luego a través de publicaciones especializadas como semanarios, revistas mensuales, comic-books, etc. (Puig, 1996) Uno de los primeros países que consigue la masificación del cómic es Estados Unidos, como resultado de la modernización, convirtiéndose en un fenómeno social. El cómic era consumido enormemente y tenía un impacto importante en la industria del entretenimiento de las masas. Evidentemente el fenómeno no fue exclusivo de los Estados Unidos y se transmitió a los demás países que pasaron por un proceso de amalgamación de aquellos cómics estadounidenses que se juntaron con el contexto social del país receptor.

Al final no sólo fueron receptores, sino transformadores:

“Los cómics en los países del mundo hispánico también surgen con la modernización, pero tienen diferentes características y su forma de enunciar la modernidad se hace, por una parte desde su espacio autóctono en conflicto con los productos de importación norteamericanos, y por otra, desde una modernidad incompleta llena de vértices, donde el fenómeno social que representan no es sólo parte de la emergente industria del entretenimiento de masas sino que, en algunos casos, es capaz de ser un artefacto que cuestiona el espacio ideológico al que pertenece.” (Merino, 2003:20)

El cómic ha influenciado a lo largo de medio siglo los hábitos culturales de un gran porcentaje de la población mexicana. Criticado o enaltecido, para bien o para mal el cómic ha tenido la función, queriendo o no de ser, en general, el principal acceso que un mexicano tiene a la lectura. Uno de los cómics que se ha filtrado con más fuerza a la vida diaria de los mexicanos es El Libro Vaquero. El tiraje del libro vaquero alcanzó dimensiones enormes, “Nosotros [el equipo del Libro Vaquero] en el ochenta y seis, tuvimos un millón seiscientos mil ejemplares semanales” (Entrevista a Fernando Varela Robles) Según la Revista Latinoamericana de Comunicación CHASQUI, El Libro Vaquero vende en la actualidad 400 mil ejemplares semanalmente,  41.6 millones de ejemplares por año, convirtiéndola en la revista semanal con más alta publicación en el país. Aquellos cómics que no son vendidos en México- a esto se le llama devolución- se les envían a Centroamérica y Estados Unidos. Estos números incitan a la reflexión. La que ha sido más comúnmente utilizada por otros medios de comunicación tales como los periódicos, es aquella que argumenta:

“En un país como México donde, según cifras de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), sólo se leen 2.8 libros por año, la edición de historietas y revistas como ‘El libro vaquero’ constituye un fenómeno social y cultural poco usual.” (El Universal Online)

Contraria a la opinión del articulista de El Universal, El Libro Vaquero no parece ser un fenómeno poco usual. Lo que si parece poco usual es que en México, cuando se habla de este cómic en particular no existe un interés extendido por realizar los suficientes estudios sociológicos, históricos y culturales acerca de los diversos temas que se pudieran desprender al respecto. Al parecer es difícil incluir al Libro Vaquero dentro de los géneros literarios, por lo que la Historia de la Literatura ha obviado su existencia. Sin embargo, se puede reivindicar el diálogo del cómic con la literatura, la realidad social, la imaginación popular o el entorno estético de cada país como una característica más de su modernidad (Merino, 2003). Sin desbordadas pretensiones, con esta investigación apenas espero dar entrada para que se realicen estudios mucho más profundos y amplios acerca de la temática que se ha manejado a lo largo de los años de la publicación de El Libro Vaquero y de cómo esta temática ha cambiado o se ha mantenido a lo largo del tiempo, aventurándome un poco más incluso a las repercusiones sociales que puede tener.

El vaquero nace en la ciudad…

La historia dice más o menos así, como ha sido repetido en medios de comunicación masiva, tales como el Internet o el periódico y no en libros: Hace casi tres décadas, Rafael Márquez habló con el capitán Mario de la Torre Barrón, escritor de radionovelas, para que trabajara en una historia donde el centro fuera el amor de un vaquero por una mujer.

Primer número del libro vaquero

Portada del primer número de El Libro Vaquero

Días después, el capitán le presentó el primer argumento con el título Racimo de Horca, en el que una banda de forajidos asalta un tren que lleva 30 mil dólares en oro al banco de Stanleyville. Bloquean las vías del tren para detener a la locomotora y toman por asalto el vagón del dinero. De pronto, el responsable del precioso metal se interpone para evitar el atraco y los forajidos lo acribillan. A partir de ese momento, la historia se centra en Mariana, la hija del asesinado, y Tom Stacey, un pistolero que se enamora de ella y busca vengar la muerte del padre de su amada. Después de elaborar un stock de 10 capítulos, el 23 de noviembre de 1978 apareció el primer número de la nueva historieta, bautizada como El Libro Vaquero […]

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Ponencias de las Jornadas Estudiantiles 2008

octubre 7, 2008

Las Jornadas Estudiantiles de Estudios Latinoamericanos se realizaron el 8 y 9 de abril de 2008, con buenas participaciones en las mesas y en el público. Da clic en cualquiera de los temas para acceder a las ponencias.

Cultura en el México contemporáneo y América Latina

  • Miriam García Apolonio
  • Víctor Hugo López Mohedano – Cine político en América latina 60-70
  • Magdalena Jiménez Romero – El baile flamenco en la Ciudad de México en la década de 1980
  • Adrián Luis Villagómez Velázquez

Integración latinoamericana, migración y desarrollo

  • Marcos Alonso Cabello Hernández
  • Cuitláhuac Rosas Newland – Migrantes en tránsito: Centroamericanos en la frontera sur de México
  • Ireri Sanvicente Flores – Nuevas propuestas y modelos para la integración latinoamericana
  • Marisol Torres Hernández – La construcción de la nueva capital de Belice, Belmopan

América Latina: Estudio de su historia e historia de su estudio

  • Emilia Cordero
  • Eduardo Buendía Reséndiz – Los movimientos gremiales y fabriles del valle de México del siglo XIX
  • Cynthia Lujano Rosas – Un acercamiento a la categoría de Estado en América Latina
  • Luis Arturo Ramírez Cruz

De los autoritarismos a la transición democrática

  • Ricardo Ramos Gutiérrez – Julio Argentino Roca. Una dictadura oligárquica
  • Pavel E. Andrade Delgadillo – Estado Novo
  • Ricardo Solís Herrera – Entre Barón Samedi y Francois Duvalier: El vudú haitiano al servicio de la dictadura
  • Luis Enrique Rosales Roldán – Transiciones 70-90

Lispector y Bohórquez: Novela y poesía desde la literatura latinoamericana

  • Dariela Romero Ramos – El problema del lenguaje y la imagen del agua en “Cerca del corazón salvaje” de Clarice Lispector
  • Azuvia Licón Villalpando – El espacio y el deseo en la poesía de Abigael Bohorquez, Memoria en la alta

De reformas judiciales y criminalización de lo social

  • Raymundo Espinoza Hernández – La relación entre el desarrollo de los sistemas de protección constitucional y los movimientos sociales en Latinoamérica
  • Gabriela Beatriz González Gómez – El miedo en los jueces

El quehacer pertinente y pendiente: Filosofía desde América Latina

  • Hazahel Hernández Peralta – Lezama Lima y los trabajos de la metáfora en la unidad latinoamericana
  • Blanca Angélica Mejía Acata – La actualidad y pertinencia de la utopía en América Latina
  • Adriana Sandoval González – Reflexión respecto a América Latina. De lo particular a lo relacionado
  • Jessica Sánchez Bolaños – Epistemología moderna, narrativas contramodernas y razón poscolonial

Bolivia ¿Integrando la nación o desintegrando el Estado?

  • Flavio Barbosa de la Puente
  • Alba Mercedes Miranda Leyva

Cine y movimientos sociales

octubre 3, 2008

Dentro de las actividades del Primer Congreso de la Cultura Iberoamericana, en la mesa redonda Cine y Movimientos Sociales se destacó al documental. Los mexicanos que iniciaron y cerraron las participaciones no olvidaron mencionar el papel crucial de los acontecimientos de 1968.

Alejandra Islas Caro (México) realizó una muy buena semblanza testimonial de la historia de este tipo de cine en México, de dicha fecha a la actualidad.

Carlos Henríquez Consalvi, pionero de Radio Venceremos, comenzó su intervención con la proyección de un corto documental sobre las actividades de lo que comenzó siendo una estación (móvil) de radio revolucionaria del FMLN y poco a poco crecería a ser un conjunto de periodistas, fotógrafos y cineastas que denunciaban la intervención norteamericana en El Salvador, entre otras cosas. El eje de la charla de Henríquez fue la reflexión sobre la memoria histórica, y la conservación de esta a través del Museo de la Palabra y de la Imagen.

El argentino David Blaustein sintetizó una breve historia del Cine Liberación y el Cine de la Base en Argentina y los calificó como antecedentes directos del reciente Cine Piquetero o “Video informe”, en el que basó gran parte de su intervención, y tipificó los documentales realizados alrededor de los movimientos sociales bonaerenses (Las fábricas recuperadas como objetivo de retrato, la crisis del 19 y 20 de diciembre del 2001 – el corralito y la represión -, y el cine que acompaña al movimiento de Derechos Humanos argentino).

Manuel Pérez Paredes, veterano cineasta del ICAIC ofreció un retrato del papel del cine cubano después de la revolución, haciendo énfasis en sus años de formación y la problemática que enfrentó.

Óscar Menéndez finalizó recordando Tlatelolco y denunciando la impunidad, junto a los problemas de difusión y legalidad que enfrenta el cine mexicano. En seguida proyectó parte del documental “Historia de un documento”.

El Primer Congreso continúa hoy y todo el fin de semana con ponencias, comentarios y presentaciones de cineastas, teóricos, críticos y técnicos en el Centro Nacional de las Artes, y durante tres semanas más con el ciclo Historias en común, en la Cineteca Nacional (con presencia de algunos directores).

Vayan, se pone bien. El café no está tan malo y no faltan las galletas.

Baja aquí los audios de las ponencias en mp3:


Motivos para recordar: El 68 visto desde el Mora

septiembre 24, 2008


Foro sobre la investigación en el documental

septiembre 24, 2008


Documentos Historia colonial y prehispánica

julio 2, 2008

Desde el blog hermano Tlahtolyoliztli nos llega un valioso conjunto de fuentes, documentos e imágenes de historia prehispánica nahuatl, de la conquista y colonial, así como algunos escritos de estudios poscoloniales. Los documentos – en español en su mayoría, exceptuando los códices, obviamente –  pueden accederse desde los menús de las páginas del profesor de Harvard José Rabasa (o en nuestro espejo aquí).

(Vía Tesiu R.X)


Notas sobre la hegemonía ideológica: una lectura de James Scott

junio 21, 2008

En la formulación original de Gramsci sobre la hegemonía, afirma que, la clase obrera en el sistema capitalista está empeñada en una lucha concreta de consecuencias revolucionarias, pero a causa de encontrarse prisionera del pensamiento social hegemónico es incapaz de sacar consecuencias revolucionarias de sus actos. Por lo tanto, la conciencia dominada es la que ha impedido a la clase trabajadora llegar a consecuencias radicales. En términos marxistas, a este fenómeno se le denomina falsa conciencia.

A James Scott le interesa explorar las teorías que ofrecen respuesta a esa pregunta: ¿por qué una clase parece aceptar o consentir, un sistema económico claramente opuesto a sus intereses, si es que no existe una forma de coerción directa o presión psicológica aplicada sobre ella? Buscando, principalmente, estudiar el concepto de “dominación”, pero evitando la naturalización de las formas de poder y regresando sobre algunos aspectos por otros ignorados.

El primer punto de su crítica plantea un lugar común entre estas teorías, y es que todas ellas consideran que el grupo subordinado, de manera conformista, acepta que se encuentra en posición de inferioridad, aún cuando no se aplica una forma de coerción directa sobre él. La mayoría de las posturas, atribuyen esta situación a la existencia de una hegemonía o ideología dominante. Además coinciden en que dicha hegemonía ideológica no excluye los intereses de los grupos subordinados, aunque sí son deformados los aspectos de las relaciones sociales, que, mostrados de forma explícita, afectarían en cambio los intereses de las clases dominantes.

Scott distingue dos versiones de la falsa conciencia, una débil y una fuerte. La primera de ellas, asegura que la ideología dominante cumple sus objetivos al convencer a los subordinados de creer en el conjunto de valores que explican y justifican su posición inferior, logrando el sometimiento a través de la idea de que el orden social es natural e inevitable. Y la segunda, afirma que el proceso de consentimiento se logra por la resignación.

Continúa su crítica poniendo de ejemplo la tensión entre los investigadores del poder de la comunidad, los pluralistas y antipluralistas. De acuerdo a los primeros, dentro de un sistema político relativamente abierto, la ausencia de protestas y oposición se debe considerar como un signo de satisfacción, o como ausencia de una insatisfacción mayor, pero sin duda en un grado en el que no merece la pena la movilización política. Los antipluralistas, en cambio, argumentan que el sistema político no es tan abierto como se sugiere y que las élites se encuentran en capacidad de controlar la vida política y entorpecer la participación de otros sectores. Entonces, si la élite ha logrado proscribir los agravios que ni los mismos antipluralistas ven, ¿cómo es posible determinar si el consentimiento es consensuado o producto de la coerción? Si la élite puede eliminar cualquier rastro de las demandas que ha reprimido, John Gaventa explica cómo es posible la eliminación de éstas. Dividiendo el proceso en tres etapas, ubica en primer nivel el ejercicio explícito de la coerción; en segundo el de la intimidación, donde los subordinados deciden no enfrentarse a las élites por preveer las sanciones que les impondrán para derrotarlos; y finalmente el tercero, en el que Gaventa sugiere que el poder adquirido en los dos niveles anteriores le permitiría a la élite invertir en el desarrollo de imágenes dominantes legitimadoras del orden social a través del control de los medios de comunicación, obteniendo como resultado una cultura de derrota y no participación. Para Scott, éste tercer nivel constituye una teoría de la falsa conciencia débil y fuerte a la vez. Además, agrega Scott, no es claro que las imágenes producidas por la élite cambien realmente los valores de los grupos subordinados, como tampoco es claro el impacto sobre la creencia de que el poder de las élites prevalecerá. Ni tampoco es evidente que el impacto de dichas imágenes sea tan convincente como para trascender la experiencia directa de los propios dominados.

Propuestas similares a la de Gaventa (explicaciones fuertes y débiles de la ideología), aparecen cuando se trata se explicar por qué la clase obrera occidental se adapta a las condiciones de desigualdad de la propiedad a pesar de los derechos políticos de que disponen para movilizarse. Dentro de las teorías fuertes, se coloca especial énfasis al sobredimensionado papel de los “aparatos ideológicos del Estado”. En repuesta, Scott, asegura que las clases subordinadas nunca fueron incorporadas a nada tan abarcador como esta teoría; además, agrega, no hay razones para suponer que una versión de la ideología dominante evite el surgimiento de conflictos, tal aceptación, de hecho, puede provocarlos. Por otro lado, las teorías débiles, no privilegian tanto el control ideológico, pero encuentran el logro de la dominación ideológica en imponerle a los grupos dominados la idea de que ciertas aspiraciones son imposibles, convenciendo a los subordinados de que sus problemas son inevitables. Pero aunque la sensación de obediencia sea producida, no por ello cambian los valores de las clases inferiores, dice Scott.

Al parecer, el primer problema que presenta el concepto de hegemonía es la suposición de que la incorporación ideológica de los grupos subordinados reduce los conflictos sociales y la protesta; cosa que no sucede, ni siquiera, en las democracias industriales relativamente estables. Además, Scott señala que dentro de un escenario de conflicto, los objetivos de los subordinados pueden acoplarse al orden social establecido y que persiguen metas que corresponden con su manera de entender la ideología dominante. Por otro lado, un problema que presentan las tesis hegemónicas posteriores a Gramsci, es que difícilmente explican cómo es que se producen los cambios sociales desde abajo.

De manera más contundente, Scott agrega que, si el discurso público controlado por las élites tiende a naturalizar la dominación, parece existir una tendencia opuesta. Ya que la ausencia de un conocimiento concreto de órdenes sociales alternativos no produce automáticamente una naturalización del orden vigente ante los ojos de los subalternos; dado que no sería difícil concebir una total inversión de dicho orden social. Y por si no bastara, los grupos subordinados también pueden imaginar la negación del orden social presente. La gran parte de las creencias utópicas, se extienden como una negación relativamente sistemática de los mecanismos presentes de explotación y dominación social de los grupos subordinados. Esta capacidad de los grupos subordinados de imaginar un orden social contrafáctico, no da precisamente una impresión de parálisis causada por el discurso legitimador de las élites.

Scott asevera, que en cambio, sí hay condiciones en las que los grupos subordinados aceptan y que legitiman la hegemonía ideológica. Una de ellas, es donde existe una gran probabilidad de que una amplia cantidad de subordinados pueda alcanzar posiciones de poder. El incentivo de ejercer la dominación que se está padeciendo, parece un aliciente legitimador. El segundo de esto escenarios sería la subordinación opresiva e involuntaria, donde se puede legitimar el orden social siempre que los subordinados se encuentren en cierta medida atomizados y bajo estricta vigilancia. En este escenario se eliminan las condiciones sociales en que se puede producir un discurso oculto en la medida en que la jerarquía determina las relaciones sociales y que la vigilancia actúa. Sin embargo esta fantasía totalitaria dista mucho de encontrar un referente concreto en alguna sociedad en general. No ha sido posible, ni es deseable, destruir completamente la vida social autónoma de los grupos subordinados, fundamental para la producción de un discurso oculto.

Entonces, una respuesta alternativa a la interiorización de la ideología dominante por los grupos subordinados que supone el consentimiento y la sumisión, siguiendo a Scott son las siguientes. Primero, que los grupos subordinados pueden estar divididos geográfica y culturalmente; segundo, que consideran que la resistencia abierta implique un riesgo innecesario ante las terribles represalias; tercero, que las condiciones de lucha por la subsistencia y la vigilancia constante imposibilitan cualquier forma de oposición abierta; y cuarto, se encuentran desengañados ante fracasos anteriores.

La crítica de Scott se aplica en los momentos en que las relaciones de poder excluyen las formas abiertas de resistencia y protesta, en circunstancias tan sofocantes que producen apariencia hegemónica. En momentos de conflicto declarado los grupos subordinados pueden abandonar la actuación de sumisión, es aquí donde debemos buscar la falsa conciencia. Aunque si aún, en un escenario de confrontación directa, los grupos subordinados siguen guardando las formas propuestas por los sectores dominantes, es donde se podría hablar de que estamos en presencia de los efectos de un ideología dominante. Por ejemplo, en la mayoría de los actos disruptivos construidos por los subalternos, se respetarán en buen grado las condiciones que establece el discurso hegemónico, aún cuando su objetivo sea minarlas. Es decir, cualquier ideología dominante con pretensión hegemónica, debe ofrecer a los subordinados herramientas política propensas a usarse en el discurso público. El conflicto, por lo tanto, adoptará las formas del lenguaje de la ideología dominante presente en dicho discurso. El sistema, concluye Scott, debe temer más de quienes aceptan en cierta medida a las instituciones hegemónicas que de los grupos subordinados que no toman en serio la ideología dominante.

Bibliografía:

James C. Scott, Los dominados y el arte de la resistencia, México, Era, 2000.