La historiografía reciente sobre la independencia hispanoamericana

febrero 1, 2010

A lo largo del semestre subiré algunas lecturas introductorias a algunos de nuestros diversos temas latinoamericanistas. Comienzo con el de moda, en un artículo que sintetiza muy bien las últimas revisiones al tema de las independencias, por la doctora Ana Carolina Ibarra. Al final de esta entrada incluyo mi breve reseña.

Sirva para empezar este semestre, primero del 2010, año de los bicentenarios.

Bienvenidos (den clic para bajar el pdf).

Ana Carolina Ibarra
“Hacia el bicentenario: La historiografía reciente sobre la independencia hispanoamericana”
en América Latina: Aproximaciones multidisciplinarias (Norma de los Ríos e Irene Sánchez, comps.)
México: UNAM, 2005, PP. 33-42

El historiador Pierre Chaunu denunciaba, hace ya más de 20 años, una serie de vicios en los que había caído la historiografía de las independencias latinoamericanas. Dichos vicios se dieron en gran parte en la formación de las identidades nacionales, de la idea de nación, de la formación de ciudadanos y del interés por colocar a ciertos personajes – y a sus ideas – en el lado oscuro de una versión maniquea de la historia.

A esta visión tradicional es que nuevas visiones subvierten.

La primera y a la que dedica más importancia la autora es a aquella que abre los procesos de independencia a los contextos geopolíticos, económicos y culturales internacionales, subvirtiendo los procesos nacionales de la historiografía oficial. Es la línea de las “revoluciones atlánticas”, con antecedentes en los historiadores marxistas europeos – que ya habían situado los procesos revolucionarios en el contexto de las revoluciones burguesas de occidente -, en Jacques Godechot – que estableció puntos de contacto entre los dos mundos -, y con la excepción de Halperin Donghi, quien sí tomaba en cuenta las causas llamadas “exógenas”. El historiador a quien se le reconoce más influencia en este sentido es Francois Xavier Guerra, quien explica los vínculos entre los dos planos y entre los acontecimientos en España y la América española antes de 1810, partiendo de una revaloración de las aportaciones culturales (con raíz en la revolución francesa). Aportaciones que anuncian el nuevo orden de la modernidad, en contraste con un profundo tradicionalismo. La relación de la revolución francesa con las idnependencias ya no es una de causa-efecto, sino una relación más estructural, matizada, anclada en un tiempo histórico común en que la cultura pasa a un lugar preponderante, enfocándose en nuevos actores como las élites ilustradas y nuevos procesos como aquellos de las juntas. De manera similar Jaime Rodríguez amplía esta visión señalando que la influencia del clima revolucionario a través de la cultura, la política y la vida pública afectará a sectores más amplios que dichas élites. Rodríguez pone el acento también en los procesos de las juntas, las cortes, la constitución de Cádiz y otros asuntos comúnmente ignorados por la historiografía oficial.

Otros “nuevos” aspectos sacados a la luz en esta subversión es el de los motivos originales de los movimientos, o la puesta en cuestión del carácter revolucionario de las independencias, así como las formas de participación de sectores no insurgentes. Ibarra señala también la reconsideración de temas relacionados con la formación de las naciones y la aplicación de conceptos de forma anacrónica (como es el caso de José Carlos Chiaramonte y su crítica de visiones teleológicas de la independencia, o la revisión y aplicación de términos de la época.

La historiadora termina señalando las aportaciones de estudios menos teóricos pero con aportaciones concretas y sistemáticas, como la historia regional o los estudios de la cultura, de las mentalidades, lingüísticos y religiosos. Su conclusión es que toda esta riqueza de visiones es un avance en nuestras formas de hacer historia, y ha sido posible por el intercambio académico y la superación de los ámbitos locales o nacionales, en una recuperación de la perspectiva latinoamericana.

Ibarra, Ana Carolina. ” Hacia el bicentenario: La historiografía reciente sobre la independencia hispanoamericana”, en De los Ríos, Norma e Irene Sánchez (comps.) América Latina: Aproximaciones multidisciplinarias, México: UNAM, 2005, PP. 33-42.

Anuncios

Algunas notas sobre “Filosofía de la Historia Americana”

septiembre 2, 2009

por: Feti

Zea discute dos cosas en su libro Filosofía de la historia americana. Discute la afirmación de que la historia de la cultura latinoamericana, entendiendo el término cultura en sentido amplio, es un remedo de la historia europea o norteamericana, y la afirmación de que la historia de América Latina es una yuxtaposición caótica de acontecimientos. Zea sostiene, por un lado, que es un error considerar la historia cultural de la región como una imitación de otras culturas, por otro lado, que la historia de América Latina no es una yuxtaposición caótica de acontecimientos, al contrario, él considera que es posible encontrar cierto orden, inclusive una dirección (telos).

Si bien su planteamiento realiza valiosos aportes a la filosofía latinoamericana y a la interpretación de la historia de la región, no siempre es plausible. En lo personal alcanzo a percibir tres posibles críticas. Podemos criticar que el planteamiento de Zea no siempre abandona los modelos de la filosofía europea, de ahí que en algunos casos no sea coherente internamente, pues, al reclamar por la originalidad de la filosofía latinoamericana, intenta ir más allá de los modelos de la filosofía europea, sin embargo, no los abandona del todo. Otra crítica consiste en que su reconstrucción histórica es excluyente, puesto que varios grupos sociales son omitidos. Finalmente, podemos criticar la impropiedad de su propuesta, es decir, el hecho de que sus predicciones no siempre se cumplen, el hecho de que en algunos casos ellas son erróneas.

Justificaré plausiblemente mi postura de la siguiente manera. Como siempre es conveniente saber qué se crítica, en un primer momento estudiaré el planteamiento de Zea, principalmente analizaré su noción de conciencia de la dependencia y los cuatro proyectos políticos que según él se desarrollaron en el siglo XIX en Latinoamérica. Después expondré tres críticas a su planteamiento. Finalmente cerraré con algunas ideas que considero pertinentes.

1. Planteamiento

Antes de exponer algunos elementos de la filosofía de la historia de Zea, es conveniente eliminar algunas ambigüedades. El término “filosofía de la historia” podemos entenderlo por lo menos en dos sentidos. Podemos entender por él una teoría sobre la historia, de este modo la filosofía de la historia sería una meta-reflexión, preocupada principalmente por cuestiones epistemológicas y metodológicas. Pero también podemos entender por el término “filosofía de la historia” una reflexión especulativa sobre la sucesión de los acontecimientos humanos. Una reflexión de este tipo por lo menos pretende realizar dos cosas: explicar grandes unidades de acontecimientos en una unidad coherente y encontrar una dirección (telos) en la historia, por eso se ha llamado a este tipo de reflexión especulativa, omnicomprensiva y teleológica. Pues bien, sin lugar a dudas Zea entiende el término “filosofía de la historia” en su segundo sentido. Sin embargo, en relación con los trabajos europeos que también entendieron el término así, su reflexión filosófica tiene una singularidad: concientemente no pretende incluir todos los acontecimientos humanos, ya que él está interesado principalmente por los acontecimientos que integran la historia latinoamericana.

El libro Filosofía de la historia americana no ocupa un lugar menor en la producción intelectual de Zea. Podemos colocarlo en un periodo…

[Haz clic aquí para leer el resto de este artículo]


Reseña documental: “Estadio Nacional”

septiembre 9, 2008

Tienen memoria y no olvidan

Reseña documental

“Estadio Nacional”, Dir. Carmen Luz Parot, Chile, 2002.

César Valdez

Tesis VIII

La tradición de los oprimidos nos enseña que

el “estado de excepción” en que ahora vivimos es en verdad la regla.

Walter Benjamin / Tesis Sobre la Historia

Es necesario hacerse la pregunta si como sociedad podemos olvidar.

Evidentemente los individuos pueden

y quizá algunos deben hacerlo, para recuperar el deseo de vivir.

Pero la sociedad ¿Puede tender un manto de olvido?

Tomás Moulian / Chile Actual: Anatomía de un mito.

El Estadio Nacional de Chile fue inaugurado el 3 de diciembre de 1938, con el partido entre el Colo Colo de Chile y el San Cristóbal de Brasil. El equipo chileno triunfó 6-3. Este recinto, con toda su complejidad estructural, es decir, albercas olímpicas, pistas de entrenamiento, velódromo y campos de entrenamiento, bien puede ser un símbolo de la búsqueda del camino hacia la modernidad, un camino que parecía ir siempre hacia adelante.

En Chile todo parecía ir hacia delante, ya que, como afirma Tomás Moulian

Mientras América Latina se debatía en la barbarie política de los dictadores…

Chile presentaba un sistema de partidos estables, una sucesión ordenada en el poder, una cierta capacidad de negociación de sectores mesocráticos y populares…”

Sin embargo continúa Moulian

“En realidad, esa ejemplaridad de Chile estaba construida sobre la mezcla peligrosa del olvido y de la mistificación. Olvido de los comienzos de furia, de la ineficacia de los tiempos de prebendas, desorden e inestabilidad que se vivieron entre 1891 y 1932. Olvido de las leyes de proscripción de los comunistas entre 1948 y 1958, del campo de concentración de Pisagua. Mistificación sobre la profundidad de la democracia chilena. Este era sobre todo un barniz político, que nunca llego a destruir el sello oligárquico y “pituco” de la sociedad chilena. Sociedad estamental, de rotos, siúticos y pijes. Democracia de las élites y de los partidos, que perneó menos a la sociedad de lo que se creyó, que permitía que algunos siguieran pensando a los asalariados como rotos, subhombres, mientras estos mismos, estigmatizados por la soberbia pseudoaristocrática, eran incitados por otros a pensarse como clase-sujeto, encarnación de la emancipación. País de identidad contradictoria.”[1]

Entiéndase, en Chile no existe, no existió, y por lo menos no a corto plazo, existirá la “Democracia”, afirmación dura pero, ¿es posible llamar Democracia al sistema heredado por la dictadura que administra la Concertación? ¿Podemos llamarle democracia a un sistema político montado sobre la Constitución Política de 1980, un texto con claros y contundentes contenidos autoritarios? ¿Es democrático un gobierno que no castiga a asesinos y torturadores?

Pero hoy este no es el tema. Hoy estamos aquí para presentar el documental “Estadio Nacional” dirigido por Carmen Luz Parot, periodista que estudió comunicación en la Universidad Católica y que, en su momento, declaró a la mítica revista Punto Final su principal motivo para la realización de dicho documental:

“Mi ignorancia y la del país sobre el tema. Me puse a buscar diarios de la época y me impresionó la superficialidad con que trataban el tema. ‘El Mercurio’ y ‘La Tercera’ abordaban el asunto con un tono muy parecido al de hoy, buscando la amenidad, el lado ‘humorístico’ del Estadio Nacional convertido en prisión. Que una pareja contraía matrimonio en el Estadio y quien los casaba que era cónsul. Una nota de ‘vida social’, aunque la verdad era distinta: se trataba de un preso de nacionalidad italiana, tan torturado que su cónsul debió intervenir. La pareja viajó exiliada a Italia dos meses después. Se explotaba también a los ‘famosos’ presos en un ambiente supuestamente distendido y simpático. Se hacían correr chistes, por ejemplo, que los presos ‘embellecían’ el Estadio cantando ‘enceremos-enceremos’, en alusión al himno ‘Venceremos’. Muchas cosas más para que el país viera el Estadio Nacional como un amable encierro. Esto pasaba mientras en el exterior se publicaba ampliamente la verdad del horror”.[2]

Así también, es de llamar la atención que en el Festival Internacional de Cine de La Habana “el jurado encontró resistencia en una delegada cubana que consideró ‘ingenuidad’ mostrar a militares humanos, cosa que ocurre un par de veces en mi documental. Pero se impuso el criterio de la mayoría después de una larga discusión.”[3] Por lo que el documental que hoy se proyectará es políticamente incómodo tanto para la izquierda como para la derecha.

“Estadio Nacional” es un documental que, a diferencia de lo que estamos acostumbrados, no contiene imágenes en las que figuren sesudos especialistas sentados en sus escritorios y con sus mejores libros como escenografía, pero tampoco tenemos el clásico narrador en off dirigiendo nuestra conciencia y nuestra atención.

En este documental tenemos hombres y mujeres dispuestos a hablar, hombres y mujeres en búsqueda de justicia, hombres y mujeres que, sin conocerse, compartieron un sueño político-social y económico, una lectura de la realidad y finalmente un tiempo y un espacio, fueron presos políticos en el Estadio Nacional desde septiembre hasta noviembre de 1973, junto a otros, por lo menos 8 000 personas, tienen memoria y no olvidan.

“¿Qué le impresionó más en el Estadio Nacional?

‘Cuando entré a las caracolas del velódromo me eché a perder la vida. Yo venía de un colegio ‘bien’. Tenía, claro, algún tío exiliado, quién no. Me crié además con toque de queda. Pero entrar a ese velódromo fue otra cosa. Una se hace testigo de algo terrible. La gente que torturaba ahí recibía sueldos por hacer eso y se considera normal que sigan en sus cargos. Hubo profesores universitarios que torturaron y que, igual que otros, siguen en universidades. Siete mil personas pasaron por el Estadio Nacional, fueron destrozadas físicamente y no hubo problema. La gente no quiere creerlo’”.[4]


[1] Moulian, Tomás, Chile Actual: Anatomía de un mito, Lom-ARCIS. Primera edición junio de 1997, consultada Decimosexta edición diciembre de 1997. Santiago, 1997. pp. 156.

[2] Villegas, Sergio, “Estadio Nacional, campo de prisioneros En el lugar del crimen” Revista Punto Final – Edición Nº 512, Edición electrónica http//:www.puntofinal.com recuperado 31/08/2008 05:46:37 p.m.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd.


Parte: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

Notas sobre la hegemonía ideológica: una lectura de James Scott

junio 21, 2008

En la formulación original de Gramsci sobre la hegemonía, afirma que, la clase obrera en el sistema capitalista está empeñada en una lucha concreta de consecuencias revolucionarias, pero a causa de encontrarse prisionera del pensamiento social hegemónico es incapaz de sacar consecuencias revolucionarias de sus actos. Por lo tanto, la conciencia dominada es la que ha impedido a la clase trabajadora llegar a consecuencias radicales. En términos marxistas, a este fenómeno se le denomina falsa conciencia.

A James Scott le interesa explorar las teorías que ofrecen respuesta a esa pregunta: ¿por qué una clase parece aceptar o consentir, un sistema económico claramente opuesto a sus intereses, si es que no existe una forma de coerción directa o presión psicológica aplicada sobre ella? Buscando, principalmente, estudiar el concepto de “dominación”, pero evitando la naturalización de las formas de poder y regresando sobre algunos aspectos por otros ignorados.

El primer punto de su crítica plantea un lugar común entre estas teorías, y es que todas ellas consideran que el grupo subordinado, de manera conformista, acepta que se encuentra en posición de inferioridad, aún cuando no se aplica una forma de coerción directa sobre él. La mayoría de las posturas, atribuyen esta situación a la existencia de una hegemonía o ideología dominante. Además coinciden en que dicha hegemonía ideológica no excluye los intereses de los grupos subordinados, aunque sí son deformados los aspectos de las relaciones sociales, que, mostrados de forma explícita, afectarían en cambio los intereses de las clases dominantes.

Scott distingue dos versiones de la falsa conciencia, una débil y una fuerte. La primera de ellas, asegura que la ideología dominante cumple sus objetivos al convencer a los subordinados de creer en el conjunto de valores que explican y justifican su posición inferior, logrando el sometimiento a través de la idea de que el orden social es natural e inevitable. Y la segunda, afirma que el proceso de consentimiento se logra por la resignación.

Continúa su crítica poniendo de ejemplo la tensión entre los investigadores del poder de la comunidad, los pluralistas y antipluralistas. De acuerdo a los primeros, dentro de un sistema político relativamente abierto, la ausencia de protestas y oposición se debe considerar como un signo de satisfacción, o como ausencia de una insatisfacción mayor, pero sin duda en un grado en el que no merece la pena la movilización política. Los antipluralistas, en cambio, argumentan que el sistema político no es tan abierto como se sugiere y que las élites se encuentran en capacidad de controlar la vida política y entorpecer la participación de otros sectores. Entonces, si la élite ha logrado proscribir los agravios que ni los mismos antipluralistas ven, ¿cómo es posible determinar si el consentimiento es consensuado o producto de la coerción? Si la élite puede eliminar cualquier rastro de las demandas que ha reprimido, John Gaventa explica cómo es posible la eliminación de éstas. Dividiendo el proceso en tres etapas, ubica en primer nivel el ejercicio explícito de la coerción; en segundo el de la intimidación, donde los subordinados deciden no enfrentarse a las élites por preveer las sanciones que les impondrán para derrotarlos; y finalmente el tercero, en el que Gaventa sugiere que el poder adquirido en los dos niveles anteriores le permitiría a la élite invertir en el desarrollo de imágenes dominantes legitimadoras del orden social a través del control de los medios de comunicación, obteniendo como resultado una cultura de derrota y no participación. Para Scott, éste tercer nivel constituye una teoría de la falsa conciencia débil y fuerte a la vez. Además, agrega Scott, no es claro que las imágenes producidas por la élite cambien realmente los valores de los grupos subordinados, como tampoco es claro el impacto sobre la creencia de que el poder de las élites prevalecerá. Ni tampoco es evidente que el impacto de dichas imágenes sea tan convincente como para trascender la experiencia directa de los propios dominados.

Propuestas similares a la de Gaventa (explicaciones fuertes y débiles de la ideología), aparecen cuando se trata se explicar por qué la clase obrera occidental se adapta a las condiciones de desigualdad de la propiedad a pesar de los derechos políticos de que disponen para movilizarse. Dentro de las teorías fuertes, se coloca especial énfasis al sobredimensionado papel de los “aparatos ideológicos del Estado”. En repuesta, Scott, asegura que las clases subordinadas nunca fueron incorporadas a nada tan abarcador como esta teoría; además, agrega, no hay razones para suponer que una versión de la ideología dominante evite el surgimiento de conflictos, tal aceptación, de hecho, puede provocarlos. Por otro lado, las teorías débiles, no privilegian tanto el control ideológico, pero encuentran el logro de la dominación ideológica en imponerle a los grupos dominados la idea de que ciertas aspiraciones son imposibles, convenciendo a los subordinados de que sus problemas son inevitables. Pero aunque la sensación de obediencia sea producida, no por ello cambian los valores de las clases inferiores, dice Scott.

Al parecer, el primer problema que presenta el concepto de hegemonía es la suposición de que la incorporación ideológica de los grupos subordinados reduce los conflictos sociales y la protesta; cosa que no sucede, ni siquiera, en las democracias industriales relativamente estables. Además, Scott señala que dentro de un escenario de conflicto, los objetivos de los subordinados pueden acoplarse al orden social establecido y que persiguen metas que corresponden con su manera de entender la ideología dominante. Por otro lado, un problema que presentan las tesis hegemónicas posteriores a Gramsci, es que difícilmente explican cómo es que se producen los cambios sociales desde abajo.

De manera más contundente, Scott agrega que, si el discurso público controlado por las élites tiende a naturalizar la dominación, parece existir una tendencia opuesta. Ya que la ausencia de un conocimiento concreto de órdenes sociales alternativos no produce automáticamente una naturalización del orden vigente ante los ojos de los subalternos; dado que no sería difícil concebir una total inversión de dicho orden social. Y por si no bastara, los grupos subordinados también pueden imaginar la negación del orden social presente. La gran parte de las creencias utópicas, se extienden como una negación relativamente sistemática de los mecanismos presentes de explotación y dominación social de los grupos subordinados. Esta capacidad de los grupos subordinados de imaginar un orden social contrafáctico, no da precisamente una impresión de parálisis causada por el discurso legitimador de las élites.

Scott asevera, que en cambio, sí hay condiciones en las que los grupos subordinados aceptan y que legitiman la hegemonía ideológica. Una de ellas, es donde existe una gran probabilidad de que una amplia cantidad de subordinados pueda alcanzar posiciones de poder. El incentivo de ejercer la dominación que se está padeciendo, parece un aliciente legitimador. El segundo de esto escenarios sería la subordinación opresiva e involuntaria, donde se puede legitimar el orden social siempre que los subordinados se encuentren en cierta medida atomizados y bajo estricta vigilancia. En este escenario se eliminan las condiciones sociales en que se puede producir un discurso oculto en la medida en que la jerarquía determina las relaciones sociales y que la vigilancia actúa. Sin embargo esta fantasía totalitaria dista mucho de encontrar un referente concreto en alguna sociedad en general. No ha sido posible, ni es deseable, destruir completamente la vida social autónoma de los grupos subordinados, fundamental para la producción de un discurso oculto.

Entonces, una respuesta alternativa a la interiorización de la ideología dominante por los grupos subordinados que supone el consentimiento y la sumisión, siguiendo a Scott son las siguientes. Primero, que los grupos subordinados pueden estar divididos geográfica y culturalmente; segundo, que consideran que la resistencia abierta implique un riesgo innecesario ante las terribles represalias; tercero, que las condiciones de lucha por la subsistencia y la vigilancia constante imposibilitan cualquier forma de oposición abierta; y cuarto, se encuentran desengañados ante fracasos anteriores.

La crítica de Scott se aplica en los momentos en que las relaciones de poder excluyen las formas abiertas de resistencia y protesta, en circunstancias tan sofocantes que producen apariencia hegemónica. En momentos de conflicto declarado los grupos subordinados pueden abandonar la actuación de sumisión, es aquí donde debemos buscar la falsa conciencia. Aunque si aún, en un escenario de confrontación directa, los grupos subordinados siguen guardando las formas propuestas por los sectores dominantes, es donde se podría hablar de que estamos en presencia de los efectos de un ideología dominante. Por ejemplo, en la mayoría de los actos disruptivos construidos por los subalternos, se respetarán en buen grado las condiciones que establece el discurso hegemónico, aún cuando su objetivo sea minarlas. Es decir, cualquier ideología dominante con pretensión hegemónica, debe ofrecer a los subordinados herramientas política propensas a usarse en el discurso público. El conflicto, por lo tanto, adoptará las formas del lenguaje de la ideología dominante presente en dicho discurso. El sistema, concluye Scott, debe temer más de quienes aceptan en cierta medida a las instituciones hegemónicas que de los grupos subordinados que no toman en serio la ideología dominante.

Bibliografía:

James C. Scott, Los dominados y el arte de la resistencia, México, Era, 2000.


Exposición permanente en el museo de la novela de la eterna (estudiantes no pagan)

junio 17, 2008

por Cristobal Gândurile (2009-1)

“Palabra
¿Recuerdas a aquellas que nombraste
más allá del fuego, en la pasión,
ardiendo el alma como una hoja de otoño
tormenta u ola en la galerna?”

Francisco Cervantes.

Un museo, según el Diccionario de la Real Academia, es un lugar abierto al público, cuya finalidad consiste en la adquisición, conservación, estudio y exposición de los objetos que mejor ilustran las actividades del hombre, o culturalmente importantes para el desarrollo de los conocimientos humanos. Basado y parafraseando lo anterior, un museo literario o un museo de la novela, tratará de alguna forma cumplir con las actividades entorno a él: la adquisición, conservación estudio y exposición de objetos-personajes o actores literarios dentro de una novela, que ilustran las acciones ficticias literariamente importantes para el desarrollo de la misma.

¿Pero cómo desarrollar esta empresa, cómo fomentar o llevara acabo la adquisición, conservación, estudio y exposición de actores literarios dentro de una novela?

Primeramente el Museo de la Novela de la Eterna, está conformado por prólogos y capítulos; prólogos que se agolpan en la lectura, que nos dejan por una parte confundidos ya que no existe una secuencia lineal o “lógica”, pero en los cuales se representan acciones que son consecuencias de la principal idea, un museo.

En ellos, entonces, se dan las características mismas de la obra, la adquisición de actores literarios, el autor, el lector, los críticos, los editores, los personajes, teoría de la misma novela. Cada uno de los actores es adquirido y reinventado.

El Autor[1]; dentro de la obra no es Macedonio Fernández, él (Macedonio), presenta un Autor independiente en sus prólogos, que adquiere y delimita a su Lector, personaje de la misma novela, además de contar con la ayuda de nosotros los lectores, yo en mi caso; es decir, uno como lector de la obra es invitado a convertirse en un ente imaginario, en el personaje dentro de una novela:

Tengo la suerte de ser el primer escritor que puede dirigirse al doble lector… [2] nos dice el Autor, y es con esto que se realiza la adquisición de la parte más importante de una obra, el lector y el autor.  

Es cierto que dentro de la obra ya esta determinado un tipo de lector, pero aun así, nosotros los lectores somos convidados a formar parte de la obra, y es que naturalmente lo hacemos al leer una novela, refractamos la realidad a la obra y comenzamos a lanzar juicios comparativos entre ficción y realidad. Pero qué pasa con una obra que esta sustentada en una ficción que no refleja más que la realidad de la lectura de la obra, qué pasa cuando los personajes adquiridos dentro de la obra son completamente ficticios y no buscan una veracidad con la realidad, sino la interacción dentro de la ficción, convertir al lector real en personaje dentro de la obra, buscan sólo la veracidad narrativa.

Entonces la obra adquirirá lectores variados a través de su existencia; al ser invitados de la ficción se cumple con la conservación de la obra misma, y renacimiento de ésta. Es decir se cumplirá con una parte de las características de un museo de la novela.  

El estudio de los actores narrativos está íntimamente relacionado con la manera de exponer la novela y la forma de interactuar con el lector, el lector y el lector se enfrentarán a un frangollo literario, a una presentación de discursos hechos por el autor para presentarnos la obra, una presentación o exposición sin más orden que el mismo desorden, un autor saltador exige un lector salteado. Alguien que este preparado para llenarse de discursos previos y que además no busque un orden dentro de si, pero que trate de llegar a su estudio de armado: el autor y el autor aluden a un tipo de lectura diferente que sea un reconstrucción de una novela que puede reconstruirse de múltiples formas, si embargo bajo una estructura ya concebida desde el inicio, la alteración.

Referencias

Mastronardi, Carlos, Comp. Macedonio Fernández. Selección de escritos, Buenos Aires. Centro editor de América latina.1968 pp. 64-115.
De Obieta, Adolfo, Macedonio Fernández. Buenos Aires. Ediciones Corregidor, 2004.
Diccionario de la Real Academia de la lengua española. 2004

——————————————————————————–

[1] Usaré cursivas para diferenciar el autor (Macedonio Fernández) del autor , dentro del Museo de la novela de la eterna.

[2] Mastronardi, Carlos, Comp. Macedonio Fernández. Selección de escritos, Buenos Aires. Centro editor de América latina.1968 p.65


Ética y política: presentación del último libro Adolfo Sánchez Vázquez

octubre 9, 2007

El primero de octubre del año en curso, se presentó en el Aula Magna de la FFyL, la obra más reciente del filósofo trasterrado Adolfo Sánchez Vázquez. La publicación, coedición entre el Fondo de cultura Económica y la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, consta de dos partes. La primera de ellas, fruto de un ciclo de conferencias dictadas en el año 2003 con motivo de la Cátedra Extraordinaria: Maestros del Exilio Español. La segunda la constituyen textos de inauguración de coloquios y congresos, recepción de dos doctorados, así como ponencias diversas.

Coordinada por el director de la facultad, Ambrosio Velasco, la mesa fue privilegiada con la participación de Bolívar Echeverría, Griselda Gutiérrez, Jaime Labastida y Gabriel Vargas. Así mismo, cada uno de los presentes resaltó su gran estima y admiración por el maestro y autor del texto, quien por motivos de salud se vio impedido a asistir al evento.

En su intervención, Bolivar Echeverría, profesor de nuestra facultad e investigador de la UNAM, resaltó una idea que resulta una constante a lo largo del texto: la defensa de la política. “La reivindicación de la política ante su avasallamiento por la economía; la apología de la política que mantiene su autonomía y especificidad frente al poder económico.” –citó al autor.

Por su parte agregó: La política se encuentra inmersa en un proceso en el cual ella misma ha perdido su propia definición, la política no sabe lo que ella misma es. Por lo tanto una crisis actual de la política se convierte en una crisis moral.

Esta indefinición de la política tiene que ver con la falta de poder histórico del poder estatal. Los Estados no están ahí para inventarse, para proponer y para crear, para ejercer el poder, sino que están ahí para obedecer, no tienen en verdad un poder histórico. No definen el destino de sus naciones.

También observamos la intercambiabilidad de los hombres de Estado, o la intercambiabilidad de los partidos políticos (de afiliaciones, programas, de ideologías). Para el funcionamiento de este Estado que no tiene poder sino que obedece, resulta intercambiable el que sean unos o los otros, que esté en el gobierno una ideología o una ideología contrapuesta, todo esto se ha vuelto intercambiable. Se trata de una crisis general del ejercicio racional, del ejercicio guiado por el discurso del poder o la autarquía sociales.

La autarquía guiada por la razón es la que se encuentra en crisis. El ser humano no es autárquico, no decide sobre sí mismo, el destino que le espera no es un destino que él de una manera haya preparado o haya decidido, es un destino al que tiene que someterse.

Después del ’68 lo único que viene es el desprestigio total de las ideologías, el desprestigio de la razón, el desprestigio del discurso como lugar en donde la opinión pública decide que camino tomar. La política, justamente en el ’68, comienza a prescindir del discurso. Todo lo que serían las ideologías, los planteamientos los programas las teorías políticas pasan a un segundo plano. La política parece poder ejercerse por sí sola, la política parece no necesitar de las ideas. La política parece estar entonces alimentada de otras fuentes y no de la voluntad popular expresada, o de la autarquía del sujeto social expresada racionalmente.

Lo que observamos, es el hecho de que el capital en cuanto tal, es un sujeto que ha decidido prescindir de los Estado nacionales como ejecutores de su voluntad. Son otros mecanismos los que están ahora sirviéndole al capital de vehículos para la expresión, para la imposición de su voluntad. Los Estados nacionales pues, han estado en un proceso de decadencia, en un proceso de obsolescencia, junto con ellos el lugar de la política, el lugar del discurso racional.

Por su parte, Griselda Gutiérrez, profesora del colegio de filosofía, refirió que la obra contenía una preocupación por problemas de relevancia y de actualidad, y que el autor no nos ofrecía nunca una teoría divorciada de los problemas sociales y políticos de nuestro tiempo, refiriéndose al caso de los partidos en su proceso de burocratización, de su subordinación al proceso de traslape a las esferas de la acción social que provoca que la dimensión económica colonice otras esferas, en las que la política no es la excepción. Tales escenarios, continuó, acaban repercutiendo en una suerte de desideologización de los partidos, en las que sus señas de identidad parecen cada vez más difusas, es decir, plataformas políticas cada vez más desdibujadas.

A su vez, Jaime Labastida, poeta, filósofo y director de Siglo XXI editores, reconoció la congruencia del pensamiento de Sánchez Vázquez, no sólo como una estructura interna que se ha vuelto más profunda y ha evolucionado; sino más bien la coherencia entre pensamiento y acción, teoría y práctica, entre ideas y vida, que no concibe la política sin un fundamento ético, y a la ética como un modo de actuar en un determinado tipo de política. Finalmente consideró, que el libro transmite no sólo una lección teórica sino una lección de vida.

Gabriel Vargas profesor de la facultad, aseguró que la obra representa la culminación de una temática, que desde la década de los ’60, en que se diera a conocer su libro “Ética”, ha venido experimentando un proceso de maduración.

El libro no trata una reflexión general y abstracta, dijo Vargas, en este caso encontramos una serie de relaciones concretas; desde la situación actual de la filosofía, el desafuero de Andrés M. López Obrador hasta la débil justificación que George Bush empleó para defender la guerra preventiva contra Afganistán e Irak.

Concluyó con el diagnóstico de nuestro país: “En México lo que ha predominado ante la crisis de las ideologías es un pragmatismo que indica la tendencia a desarrollar políticas sin moral, y lo que se requiere es recuperar esta justa dimensión de la moral de la política sin caer en moralismos.”

Reseña a la presentación de:
Adolfo Sánchez Vázquez
Ética y política
UNAM – Fondo de Cultura Económica
México, 2007


El Derecho a la Revolución

septiembre 23, 2007

Iusmaterialismo para una política crítica

El Derecho a la Revolución”, de Antonio Salamanca Serrano, busca establecer una concepción filosófica del Derecho para ubicar el fenómeno jurídico en el campo de una política crítica. La construcción la realiza, principalmente, desde la realidad latinoamericana aunque sin negar las posibilidades de un pensamiento fundamentador. Por eso, y siguiendo las pautas del filósofo Ignacio Ellacuría, se podría señalar que se trata de una reflexión metafísica intramundana sobre el Derecho o, en otras palabras, de un materialismo abierto que pretende superar los distintos tipos de idealismos. Es decir, busca encontrar las notas de la realidad que fundamenten material y dinámicamente al Derecho.

El autor considera que el Derecho para una política crítica es un “Derecho a la Revolución”. Esta concepción del Derecho se basa en el derecho de todos los pueblos que posibilita todos los demás derechos: el derecho humano a la vida y a reproducir sus condiciones de vida. Este derecho a la vida se ve completado con el derecho humano concreto a la revolución. En este sentido, se relacionan tres importantes conceptos: política, derecho y revolución. La política se entiende como la praxis comunitaria que busca, proyecta y ejecuta la producción, reproducción y aumento de la vida o la muerte del pueblo. El derecho es definido como la positivación de la justicia por el pueblo bajo la sanción coactiva de la fuerza física; se trata de una concepción “iusmaterialista” del Derecho a través de la cual el autor sintetiza lo más emancipador de las tradiciones positivista, marxista y iusnaturalista. Y la revolución es comprendida como la afirmación de la praxis de vida del pueblo y la subversión de las relaciones que producen y reproducen su muerte.

El derecho a la revolución se desarrolla en tres etapas: el derecho de revolución; el derecho para la revolución; y el derecho en la revolución. El primero de ellos tiene un contenido moral, pues se constituye en una obligación de los pueblos, que les impone por el dinamismo de su praxis, y con dicho dinamismo se impone a su vez la necesaria opción entre producir y reproducir la vida o producir y reproducir la muerte. El derecho para la revolución “carga con” el proyecto político de la materialización de la producción y reproducción de la vida del pueblo; este Derecho es un instrumento de la política revolucionaria, un medio de reforzar los “momentos arquitectónicos de todo orden político posible” . Por su parte, el Derecho en la revolución es la ejecución o realización histórica concreta de la política de la revolución; en el momento ejecutivo de la política revolucionaria contribuye a hacerla hegemónica, constituir un ‘bloque histórico’, un ‘frente único’. En este contexto, el autor analiza la situación revolucionaria en tres países latinoamericanos: México: en la preparación bajo la hegemonía contrarrevolucionaria; Venezuela: en la lucha por el poder hegemónico revolucionario; y Cuba: en el triunfo del poder hegemónico revolucionario.

Reseña: Alejandro Rosillo Martínez

Baja aquí el pdf

Reseña a:
Antonio Salamanca Serrano
El derecho a la revolución
San Luis Potosí
Facultad de Derecho UASLP, 2006